Julio y agosto en Altorreal: Guía no oficial para reconocer al socio en temporada de vacaciones

Por la redacción de Altorreal Daily ⛳ Julio y agosto en Altorreal tienen su propia fauna. No hablamos de ardillas, lagartijas ni pájaros entre los..

Por la redacción de Altorreal Daily ⛳

Julio y agosto en Altorreal tienen su propia fauna.

No hablamos de ardillas, lagartijas ni pájaros entre los pinos. Hablamos de una especie mucho más difícil de estudiar: el socio veraniego.

Ese ser contradictorio capaz de decir que necesita desconectar del golf y, a los tres días, estar llamando a la casa club:

—Era solo para preguntar si había hueco.

Claro.

Solo preguntar.

Como el que se asoma al chiringuito “sin hambre” y acaba pidiendo media carta.

En julio unos se van. En agosto otros vuelven. Algunos aparecen a ratos. Y unos cuantos se esfuman los dos meses como bola al barranco.

Pero todos, antes o después, dejan rastro.

1. El socio Guadiana

Aparece y desaparece sin explicación.

Un día está en la terraza opinando del swing de todos y al siguiente nadie sabe si está en La Manga, en Mojácar, en el sofá o escondido debajo del aire acondicionado.

Eso sí, no juega, pero se entera de todo.

Si alguien hace buena vuelta, lo sabe.

Si alguien falla un putt de medio metro, también.

Y si hay hueco temprano, curiosamente responde rápido.

El socio Guadiana no está, pero está.

2. El desaparecido integral

Este no aparece en julio.

Ni en agosto.

Ni en el campo, ni en la cafetería, ni en el grupo, ni para tomarse una cervecica.

Se le pierde el rastro a finales de junio y reaparece en septiembre con cara de recién aterrizado:

—Tengo el swing fatal, llevo dos meses sin tocar un palo.

Y por una vez, puede que sea verdad.

Vuelve moreno, descansado y con el mismo defecto de siempre, pero ahora con aroma a crema solar.

3. El madrugador con medalla

No presume de birdies.

Presume de hora.

—Nosotros salimos a las siete y media.

Lo dice con la misma satisfacción que si hubiera ganado algo importante.

Y algo ha ganado: al solanero, al sofoco y a la mala idea de salir más tarde.

Este socio termina pronto, se toma la cervecica y con sus almendricas con superioridad moral y mira a los que llegan después como diciendo:

—Vosotros sabréis.

Y quizá tiene razón.

4. El cafetero infiltrado

Viene “solo a tomar algo”.

Pero lleva polo, los zapatos en el coche y los palos demasiado cerca para ser casualidad.

No ha reservado.

No pensaba jugar.

No tenía intención ninguna.

Pero si falla alguien y hay hueco, tampoco va a ponerse desagradable con el destino y no va a decir que no si le dicen de jugar unos hoyicos, un dulce no amarga a nadie.

En Altorreal eso no es improvisar.

Eso es venir espiritualmente apuntado.

5. El playero arrepentido

Se fue de vacaciones convencido de que necesitaba desconectar del golf.

A los dos días ya estaba preguntando por el campo.

A los tres, mirando vídeos de swing.

A los cuatro, escribiendo en el grupo:

—Cuando vuelva, me pongo en serio.

Traducción: el primer día sacará driver igual que siempre.

El playero arrepentido vuelve con moreno, chanclas y una teoría nueva sobre por qué antes no le salía el draw.

Spoiler: no era por falta de vacaciones.

6. El socio boomerang

Este se va.

Pero vuelve.

Se va otra vez.

Y vuelve otra vez.

Siempre tiene una excusa:

—Tenía que regar las plantas.

—Había que recoger una cosa.

—Pasaba cerca.

—Solo he venido un día.

Curiosamente, ese “un día” suele incluir polo, zapatos de golf y un mensaje prudente al grupo de golf de whatsapp, por si hay partida.

El socio boomerang no rompe sus vacaciones.

Las interrumpe con elegancia.

7. El técnico de terraza

Lleva días sin tocar un palo, pero ve el golf con una claridad impresionante.

Desde la silla detecta errores de grip, de stance, de ritmo, de cabeza y hasta de actitud vital.

—Ese va muy rápido.

—Aquel se queda atrás.

—El problema de este es mental.

El técnico de terraza falla poco.

Sobre todo porque opina sentado.

Es una figura muy útil: arregla todos los swings menos el suyo.

8. El socio “solo nueve hoyos”

Llega prudente, sensato, casi médico.

—Hoy hago nueve y me voy.

Buena decisión.

Muy madura.

Muy agosto.

Pero termina el hoyo 9, mira el reloj, mira al compañero, mira el cielo y empieza el autoengaño:

—Bueno… si vamos ligeros, otros nueve tampoco son una locura.

No son una locura.

Son el principio del drama.

9. El probador profesional

Julio y agosto le parecen el laboratorio perfecto.

Nuevo grip.

Nueva postura.

Nueva bola.

Nuevo putter.

Nueva rutina.

Nueva teoría vista en internet a una hora en la que ya no se deberían tomar decisiones deportivas.

Empieza siempre igual:

—Voy a probar una cosa.

Y normalmente acaba probando la paciencia de sus compañeros.

El probador profesional no está jugando mal.

Está recopilando datos.

O eso dice.

10. El fijo de plantilla

Este merece respeto.

No se va, no desaparece, no presume y no necesita justificar nada.

Está en julio.

Está en agosto.

Está cuando hace calor, cuando hay poca gente, cuando el campo está tranquilo y cuando media pandilla anda desperdigada por la costa.

Aparece, juega, se toma su cerveza y se va.

Sin discursos.

Sin prometer que en septiembre va a entrenar.

Sin anunciar que este año baja hándicap.

El fijo de plantilla no necesita presentación.

Es parte del paisaje.

Como los pinos, los bunkers y esa bola que juraste que había caído en calle.

El verano también tiene su club

Julio y agosto no son meses vacíos en Altorreal.

Son meses raros, sí.

Más dispersos.

Más de idas y venidas.

Más de llamadas discretas, partidas tempranas, cervezas largas y socios que aparecen cuando menos te lo esperas.

Unos huyen.

Otros vuelven.

Algunos se esconden.

Otros opinan.

Y unos pocos siguen ahí, como si el calendario no fuera con ellos.

Pero todos pertenecen a la misma fauna.

La del golfista de Altorreal, ese ser que puede prometer muchas cosas, pero al que le cuesta más alejarse del campo que dejar corto un putt cuesta abajo.

Porque en verano cada uno tiene su excusa.

La playa.

El calor.

La familia.

El descanso.

La desconexión.

Pero como alguien diga que hay hueco temprano, que el campo está tranquilo o que después cae una buena cervecica bien fresquica, casi congelá, la especie vuelve a su hábitat natural.

Con el guante puesto.

La excusa preparada.

Y una frase que nunca falla:

—Bueno… una vueltecica suave.

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