Agosto se nos va de Altorreal. Y se va como el típico socio que llega al 18 chorreando, mira la tarjeta de reojo y dice:
—Bueno… pijo, tampoco ha estado tan mal.
Mentira.
Ha sido un cuadro.
Ha sido un mes de 40 grados a la sombra, horarios inhumanos y golfistas jurando que venían “en modo mantenimiento”. Que suena muy profesional, pero significa: “no encuentro la calle ni con Google Maps pero le echo la culpa a la solanera”.
Agosto tiene esa magia: en mayo sales a reventar el campo y en agosto sales pidiendo a la Virgen de la Esperanza no derretirte en el hoyo 5.
Es el mes de las excusas de manual:
—“Hoy solo vengo a moverme”.
Traducción: voy a hacer 14 rayas.
—“Estoy probando cosas”.
Traducción: no sé dónde va la bola ni yo tampoco.
—“El green estaba pinchao”.
Da igual cuándo leas esto.
El club ha estado a medio gas, pero siempre con algún socio tirando bolas al agua o metido en la terraza arreglando el mundo con una marinera y un quintico bien fresco.
Y ahora asoma septiembre.
Qué peligro.
Septiembre ya está en el tee del 1. Estirando poco, prometiendo mucho y cargado de cuentos: que si voy a practicar el approach, que si voy a jugar con cabeza, que si este año sí bajo a un dígito…
De ilusiones también se vive.
Luego llegará el primer escobazo al monte y se irá al bancal el plan maestro.
Pero eso será la semana que viene.
Hoy despachamos a agosto. Un mes puñetero, sudado y con más excusas que birdies, pero que nos ha dejado vivos.
Agosto ya se toma la última cervecica en la casa club. No sabemos qué tarjeta ha hecho, pero seguro que dice que el viento de levante le ha jugado una mala pasada.
Septiembre espera en el tee.
Sin calentar.
Con el driver en la mano.
Acho, a ver qué sale.
Arrivederci, Agosto















