En el Club de golf de Altorreal hay una regla que no está en los estatutos, pero se respeta más que el hándicap: a última hora de la tarde, el campo es de Palmiro.
Corría el chismorreo por la casa club de que si era un vampiro sacado de la película de Crepúsculo, pero ¡menuda chuminá! Ni muerde cuellos ni brilla como un diamante (aunque la calva le reluzca un poco con el último rayo de sol). Lo que tiene es una de las zurdas más peligrosas y elegantes que ha pisado Altorreal.
Lo de Palmiro es un misterio de los buenos. Verlo apuntado en un torneo es más difícil que pillar plaza en el Soledad de Altorreal. Él juega por puro vicio, por el placer de darle a la bola sin que nadie le dé la brasa. Es el cierra campos oficial: no pisa el verde antes de que refresque y, a partir de ahí, es el dueño del cortijo.
Un viaje a la bola que la manda ca Dios
El tío ronda los sesenta y tantos, pero ¡ojico con él! No te dejes engañar por su pose tranquila, Palmiro le mete un viaje a la bola desde el tee del 6 y te la pone en la puerta del Ayuntamiento de Molina. Tiene una potencia que ya quisieran muchos zagales que van de «pro» por la vida. Los Marshall, que se las saben todas, juran que lo han visto pateando con una linterna en la frente, como si estuviera buscando gamusinos en vez de haciendo birdies.
De hecho, en la casa club ya es tradición: los Marshall lo esperan con los brazos abiertos, pero no por el protocolo, sino porque saben que Palmiro es el último. Hasta que no asoma el hocico por el 9 o por el 18, allí no se menea ni el tato. Es el hombre que trae las llaves del campo, el que pone el candado y el que deja descansar la hierba para que los trabajadores se puedan ir por fin a su casa.
Más apañao que una marinera con la rosquilla crujiente
Si no lo conoces y lo ves ahí solo, con esa cara de seriedad que gasta, piensas: «Este hombre me va a soltar un bufido como me arrime». Pero ¡qué pijo! Eso es solo la fachada. En cuanto le echas huevos y le preguntas: “Maestro, ¿puedo salir contigo?”, te das cuenta de que es más apañao que el Cali.
Es una persona agradable, de esas con las que da gusto echar el rato mientras baja el sol. Y lo mejor de todo: no es el típico pesado que te da lecciones sin que se las pidas. Palmiro calla y juega. Pero ¡ojo al dato!, que si abre la boca para darte un consejo, más vale que lo guardes en la bolsa, porque esa frase te arregla el swing mejor que una aparición de la Virgen de la Fuensanta.
Así que ya sabéis, si veis a un zurdo solitario pegándole viajes a la bola mientras anochece, saludad con respeto. No es un fantasma, es la leyenda viviente. Es Palmiro, el que nos deja a todos en el bar (o ya roncando en casa) porque sabe que el campo, cuando está bonico de verdad, es cuando no queda ni un alma que le estorbe.
Seguiremos informando. Si Palmiro nos deja irnos a casa.















