Muchos me preguntáis: ¿Cuál es el secreto de un gran pegador?. En el caso de Tomás, no hay misterio: soltar un «¡Joooder!» después de cada driver y pasarse el resto del hoyo escalando el monte buscando bolas.
Los demás, mientras, esperamos en el tee. Hay quien ya lleva manta, tupper y una fe inquebrantable en que alguna de sus 200 bolas provisionales acabará apareciendo en el plano urbano.
Jugar con Tomás es un deporte de riesgo, y muchos rezamos para no oír el «clanc» de un cristal roto. De hecho, el que se está forrando de verdad en este club es Tomás, que tiene a media plantilla de albañiles y cristaleros de Altorreal dándole comisión por cada ventana que revienta. No es un swing, es su plan de pensiones. Cada drive es una inversión. Cada ventana rota, un dividendo.
El «pero» constante
Y entonces ocurre su sueño: un misil 500 metros. Recto, limpio, perfecto. La bola cae en medio de calle como si hubiera pedido permiso al ayuntamiento.
¿Celebración? Jamás. Siendo de Hellín, es más exigente que un tamborilero afinando el tambor para semana santa. Se queda mirando la bola con desprecio y suelta: «Me ha salido un poco alta» o «Ha vibrado medio milímetro».
Porque Tomás no juega contra el campo. Juega contra una versión imaginaria de sí mismo que, aparentemente, nunca falla.
Para los que estamos hartos de hacer senderismo extremo y queremos llegar al 18 sin tener que llamar al seguro nace esta sección: los pegadores y sus pequeños trucos.
¡Bravo, Tomás! Ya casi haces hoyo en 1 en un par 5. Aunque sea de rebote en una persiana y cruzando una rotonda.
Donde sí se siente pleno Tomás es con el cante. Y aquí nos demuestra que este sí es un talento que nunca le falla.















