Su amigo Lorenzo lo retrata… y nosotros le ponemos el picante, que Altorreal sin un poco de guindilla es como un gin-tonic sin hielo.
El arte de «no hacer ná» y acabar ganando
En Altorreal están los que pegan un leñazo a la bola y la mandan donde Cristo perdió las chanclas, y luego está Manolo. El tío va por la calle con esa pachorra típica de quien tiene el trienio asegurado, haciendo golpes que no asustan ni a una perdiz… hasta que llega al green.
Ahí, cuando tú ya te estás frotando las manos pensando que lo tienes doblaico, Manolo saca un approach de la chistera, te clava el birdie y se queda tan ancho. Más de uno se queda con cara de acelga pensando:
“Acho, ¿pero este hombre qué desayuna?”
Tardes de «pico y pala» (sobre todo de pico)
Lorenzo y Manolo son como Starsky y Hutch pero con palos de golf. Llevan más de veinte años compartiendo fatigas desde aquellas tardes míticas con José Luis Borja. Pero ojo, que Lorenzo aquí suelta la primera puñalá: dice que él era el que se partía el espinazo trabajando, porque Manolo, claro… era funcionario😁.
Digamos que Manolo aplicaba el horario de oficina al campo: pausas reglamentarias para el café, sellado de tarjetas con parsimonia y una capacidad para «gestionar el esfuerzo» que ya quisieran los de la Seguridad Social. Eso sí, para darle al palo siempre encontraba un hueco en la agenda.
El móvil: Su arma de destrucción masiva
Si creías que el peligro de Manolo es su swing, vas más perdío que un pulpo en un garaje. Su verdadera arma es el móvil. Lo maneja con una soltura que desespera. Está más pendiente de la pantalla que de la caída del green, una habilidad que le sirve para desquiciar al rival… aunque muchas veces acaba haciéndose un lío él solo y termina «perjudicao».
Lorenzo, que lo tiene calao desde el siglo pasado, le guarda sus mejores perlas.
Dice Manolo:
“Cuando hablo, la cago”.
Y Lorenzo, que es un amigo de los que te quiere pero te muerde, le remata:
“A veces la cagas sin haber hablado”.
Eso no es amistad, eso es un duelo al sol en la Plaza de las Flores.
Los amos del bancal
Manolo y Lorenzo no son socios, son el inventario del club. Pasan más de 300 días al año dándole al palo, tanto que si un día no asoman por el tee del 1, Joaquín llama a emergencias pensando que ha pasao una catástrofe nacional, hasta los aspersores se desorientan. Se conocen cada terrón de tierra mejor que el pasillo de su casa y se juegan las cervezas con más tensión que una bola topada con dirección a fuera de limite. Para ellos no hay «partida amistosa»: hay guerra termonuclear con un refrigerio de premio.
Pelo blanco, alma de acero
Manolo es un competidor incorregible. Puede ir arrastrándose por el hoyo 14 como un carrito con la batería fundida, pero no lo des por muerto. Cuando ya crees que lo tienes sentenciao, el tío se saca de la manga un golpe de maestro y te levanta la partida en los dos últimos hoyos, dejándote con cara de “acho, ¿en qué momento se me ha torcío esto?”.
Es un rival puñetero, un amigo de hierro y un clásico de Altorreal. De esos personajes que, aunque te ganen con un golpe de suerte y te saquen de quicio con el móvil, hacen que mañana quieras volver a jugar con él.
Porque jugar contra Manolo es como una oposición: sabes que vas a sufrir, que hay pocas plazas para el éxito y que, al final, el funcionario siempre acaba llevándose la mejor parte.
En resumen:
En Altorreal hay muchos jugadores, pero parejas de baile como esta… ni en el mejor tablao de Murcia.
¡Acho, Manolo! Con todo el cariño del mundo, te lo dedica tu amigo Lorenzo.















