Por la redacción de Altorreal Daily
Hoy no hablamos de birdies, ni de hándicaps, ni de quién ha vuelto a hacer cuatro putts y ha culpado al green.
Hoy hablamos de amor.
Porque Cupido también juega al golf. Y, por lo visto, en Altorreal lleva silbato, libro de Reglas y chaleco de árbitro.
Ella es Merche. Árbitro nacional. Alocada, alegre y de las que te penalizan intentando que no te dé un disgusto:
—¡Un golpe de penalización! Pero no pasa nada, hombre, ¡que estamos para divertirnos!
Él es Miguel. Árbitro internacional. Vallisoletano. Serio, militar y reglamento en vena:
—Golpe y distancia. Regla 18.2. Sin discusión.
Si Merche te penaliza, casi le das las gracias.
Si te penaliza Miguel, te entran ganas de recurrir al TAS.
EL FLECHAZO
Se conocieron, como no podía ser de otra manera, resolviendo un marrón.
Un jugador había mandado una bola fuera de límites por la derecha mientras otro acababa en un área de penalización por la izquierda.
Aquello parecía una oposición a árbitro.
Miguel apareció primero:
—Señor, golpe y distancia. Vuelva usted al tee.
Y apareció Merche:
—¡Qué va! ¡Que drope por aquí, que hace un calor que no está la cosa para volver atrás!
Miguel levantó la vista.
Merche levantó la suya.
Y mientras el pobre jugador seguía allí con la bola en la mano sin saber dónde demonios tenía que dropar, surgió el amor.
Desde entonces son inseparables.
LOS DOS GOLPES
En Altorreal ya los conocen como «Los Dos Golpes» (de penalización).
De hecho, cuando alguien los ve aparecer juntos por el camino con paso decidido y reglamento en mano, el aviso empieza a correr de tee en tee:
—¡Cuidado, que vienen Los Dos Golpes!
Y automáticamente alguno empieza a repasar mentalmente dónde ha dropado en los últimos tres hoyos.
Ahora van de dos en dos por el campo. Si te penaliza él, aparece ella para confirmarlo.
Pack completo: dos golpes y una sonrisa.
Miguel le ha enseñado a Merche a decir «penalización general» sin reírse.
Y Merche le ha enseñado a Miguel que, antes de hundirle la tarjeta a un hombre, siempre se puede acompañar la sentencia con un:
—¡Ay, qué pena, con lo bien que ibas!
Él apunta la penalización.
Ella te consuela.
Y tú acabas de hacer un ocho.
Pero te vas contento.
Y es que hay historias de amor que empiezan con una mirada. Otras, con una cena. Algunas, con un mensaje.
La de Merche y Miguel empezó con una bola fuera de límites.
Un golpe de penalización.
Otro de propina.
Y Cupido tomando nota en la tarjeta.
Fin del comunicado del Comité Enamorado.

















